En términos generales, viene bien el año climático para la ciruela, sabiendo que en el mundo agrícola nunca se puede cantar victoria, sino hasta el final de cada ciclo.
El proceso arrancó en junio o julio, con la poda. “Ahí es donde se estructura el árbol y se define la carga frutal que queremos mantener. Lo que se haga en ese momento se refleja en el desarrollo de toda la temporada”, dice Jorge Sánchez, grower relations en Sunsweet.
Este año, la zona de O’Higgins y Colchagua —el corazón productivo de la ciruela deshidratada del país— enfrentó un invierno con menos horas de frío que el requerido por el ciruelo: cerca de 100 horas menos que el año pasado (que cerró en alrededor de 700 horas frío). Para suplir ese déficit, muchos productores recurrieron nuevamente a la cianamida hidrogenada, un producto que ayuda a homogeneizar los huertos y a adelantar la brotación. Aun así, el inicio de temporada muestra un retraso de entre 5 a 7 días respecto al año anterior, algo que Sánchez no considera grave.
“Lo que más preocupa no es tanto el inicio, porque los tiempos suelen emparejarse. Lo realmente delicado es cómo llegan los huertos a la etapa de pinta, entre Navidad y el 5 de enero, cuando comienza el monitoreo de la fruta fresca”, detalla.
Otro factor de incertidumbre este año ha sido la primavera lluviosa. El 18 de septiembre en la zona de Colchagua cayeron alrededor de 28 milímetros en promedio, concentrado en poco tiempo. El fin de semana siguiente fueron 15 a 20 milímetros concentrado en dos horas. Aunque la lluvia es bienvenida en invierno, en plena floración puede generar problemas de hongos y enfermedades, obligando a los productores a aplicar más fungicidas de lo habitual.
“La lluvia de fines de septiembre y octubre no ayuda: complica la floración, enfría los suelos y retrasa el crecimiento. Lo positivo es que asegura más agua para riego en octubre, en un contexto donde el acceso a este recurso sigue siendo crítico”, señala.
Con todo, Sánchez es optimista y en términos productivos, la expectativa es auspiciosa. “Esta temporada me recuerda a la de 2023, también con primavera fría y lluviosa, que terminó siendo buena. Cada año es distinto y la clave está en cuidar los huertos desde la base: una buena poda, un árbol bien trabajado y una carga equilibrada. Al final, la calidad se construye desde ahí”. Y añade que “no vemos huertos excesivamente cargados, lo cual es positivo. Una carga equilibrada asegura fruta de mejor calidad”, comenta.
Dificultades con la mano de obra
Más allá de lo climático, uno de los mayores desafíos estructurales que enfrenta hoy la industria de la ciruela es la disponibilidad de mano de obra calificada.
Según Jorge Sánchez, la poda y la cosecha requieren trabajadores experimentados que sepan “leer” el árbol, tomar decisiones correctas en la poda y luego seleccionar la fruta con criterio. Sin embargo, en los últimos años la oferta de trabajadores se ha reducido drásticamente, elevando los costos y afectando la calidad del proceso.
“La mano de obra está más cara y menos capacitada. Los jóvenes no muestran interés en el campo, y muchos productores deben recurrir a contratistas, lo que genera mayores costos en algunos casos”. Además, cuenta que algunos trabajadores que provienen de cosechas previas de otros frutos que han buscado ganar lo mismo que en ese sector específico por día trabajado, lo que es difícil de igualar para la ciruela.
Sánchez explica que la llegada de trabajadores extranjeros, ha funcionado para postcosecha (canchas de secado) siendo claves para sostener la operación en muchas zonas productivas.
Sunsweet está ubicada en Santa Cruz, en plena zona productiva. Allí se encuentra su planta de proceso y los hornos de secado. Trabaja con productores distribuidos desde Paine hasta Retiro, con alrededor de 1.200 hectáreas en producción en su conjunto. La proyección de la compañía es alcanzar unas 16.000 toneladas de ciruela fresca, equivalentes a alrededor de 5.000 toneladas deshidratadas, destinadas a la exportación.


